
Por César Cortés Vega
México ha sido un país que posee algo que podría ya llamarse tradición: ser el refugio y espacio para las ideas y el arte de aquellos quienes han debido de abandonar sus lugares de origen. Muchos desterrados han encontrado en estas tierras no solo asilo político, sino a la vez un territorio para reordenar los motivos para la vida, en la fundación de revistas, impartición de talleres, publicación de libros, y en general la reorganización de redes sociales para la amistad y el intercambio. Y la Asociación de Escritores de México ha sido, justamente, uno de los espacios en los que, mediante toda clase de vínculos y formas para la estabilización de las relaciones, ha contribuido a ello.
La AEM, un espacio complejo, debido a su diversidad y sus disposiciones internas, fue fundada en 1964, aunque reconocida oficialmente hasta 1965. En ella se dieron cabida personajes centrales de la literatura mexicana —Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, Juan Rulfo, Ramón Xirau, figuran en sus listas. Hubo también escritoras y escritores exiliados que estuvieron cerca, como Otto-Raúl González, poeta guatemalteco que ingresó a la Asociación en 1966, poco después de haber llegado tras el golpe militar en su país. Tallerista, editor y agitador cultural, fue coordinador de la primera época de la revista «Coatlicue» y escribió en «Plural», «Excélsior» y «El Día», manteniendo en auge la noción de que la literatura implica necesariamente un acto de resistencia ante la persecución y el silenciamiento de la palabra.
Otro de los exiliados cercanos a la Asociación fue Ramón Xirau —filósofo, poeta y crítico catalán— quien se integró en 1974. El fundador de la revista «Diálogos» en 1955, quien fue exiliado en nuestro país desde la infancia, pugnó por la inclusión al darle cabida en sus páginas a escritores de dentro y fuera del país. Siempre entre la filosofía, la poesía y la crítica cultural, Xirau elaboró un fino pensamiento acerca de las cualidades del silencio en el habla y la escritura.
Muchos otros han estado ahí: Luis Cardoza y Aragón, José Bergamín, Max Aub, Noé Jitrik, Gregorio Selser, Pedro Orgambide. No de todos existe un registro formal en las actas de la AEMAC, aunque existen referencias dispersas en las que se menciona su aproximación en su órbita cultural. Cardoza y Aragón, por ejemplo, colaboró en múltiples suplementos y revistas mexicanas desde una lucidez crítica y poética particular; Bergamín levantó la editorial Séneca y fue fundador de revistas como «España peregrina»; Aub editó por su parte «Sala de Espera»; Jitrik en sus clases hizo parte y formó a varias generaciones de críticos en la UNAM; Selser llevó a cabo crónicas y proyectos ensayísticos en periódicos como «El Día» y «La Jornada»; Orgambide colaboró en la revista «Cambio», que enlazó a escritores latinoamericanos con voces mexicanas.
Si bien no todos fueron “socios oficiales”, la Asociación fue un espacio para la creación y realización de eventos en los que esa corriente del exilio tuvo un espacio, como puente entre la literatura mexicana y la experiencia del desplazamiento.
Aquello puede llevar a preguntarnos las funciones de una asociación como espacio político que permite la inclusión en un proyecto más aplio llamado literatura. Específicamente hablando de desarraigo, las organizaciones solidarias implican una conciencia de grupo que va más allá de las fornteras, desde un punto de vista internacionalista que implica la pluralidad de visiones y de voces. Si el exilio, en este sentido, es una herida abierta, a la vez da la posibilidad en la reparación solidaria de pensar en la escritura como un espacio para reflexional las fronteras, la pérdida y el extrañamiento desde lo colectivo.
Estos son tiempos de migraciones y desplazamientos forzados, desde los cuales es importante la reflexión sobre cómo el rememorar estas historias nos hace pensar también en la violencia que supone la exclusión por razones de pensamiento. En este sentido las asociaciones pueden ser lugares para el encuentro, la tolerancia y la escucha en medio de los compases de espera y callejones sin aparente salida que se presentan en la Historia.
Mesa dedicada a explorar el legado y la influencia de algunos escritores exiliados que dejaron huella en la literatura mexicana.
Este martes 9 de septiembre se realizará una mesa en el Centro Cultural la Pirámide, que fuera nuestra sede por varios años, sobre estas escrituras en el exilio que han pisado la Asociación. En ella se propondrá un recorrido por la trayectoria de estos autores, quienes, en su paso por la Asociación de Escritores de México, aportaron nuevas perspectivas y enriquecieron el panorama cultural del país. Sus experiencias de exilio y migración no solo marcaron sus vidas y obras, sino que también contribuyeron significativamente al diálogo literario entre México y sus naciones de origen. Como ya mencioné, uno de ellos fue Luis Cardoza y Aragón, poeta y ensayista guatemalteco, cuya aguda visión y compromiso político lo llevaron a exiliarse en nuestro país. Fue parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios durante su exilio en los años treinta. Su participación en la Asociación fue clave para fomentar el intercambio cultural entre ambos países. En la AEM se encuentran también documentos de Otto-Raúl González, poeta y diplomático guatemalteco, cuya voz potente y combativa resonó con fuerza durante su exilio. Promovió la solidaridad entre escritores y la defensa de la libertad de expresión. El crítico literario, ensayista y narrador argentino Noé Jitrik formó parte también de la asociación. Durante su exilio en México, contribuyó al enriquecimiento del campo de la crítica literaria hispanoamericana. Su trabajo fortaleció los lazos entre intelectuales de distintos países y destacó la importancia del análisis cultural en tiempos convulsos. Así como de ellos, se hablará también de otras escritoras y escritores que formaron parte de nuestra agrupación. La mesa ofrecerá un espacio para reflexionar sobre cómo el desplazamiento forzado impactó en su obra y, a través de sus experiencias, lograron transformar el dolor del exilio en fuerza creativa. Se abordará su legado en la Asociación de Escritores de México y cómo sus aportaciones siguen influyendo en las nuevas generaciones de escritores y lectores.
Este breve encuentro invita a repensar el exilio no solo como una experiencia de pérdida, sino también como un camino hacia la renovación y el diálogo intercultural. Al final de la sesión, se abrirá un espacio para que el público participe y comparta sus opiniones sobre la relevancia actual de estos temas vinculados a las agrupaciones de escritores y artistas que resultan un espacio de tolerancia y escucha en tiempos convulsos.

