Hemos realizado a lo largo de varios años múltiples actividades en la Feria del Libro del Zócalo. Acá se muestra una selección de registros en video de varios años en los que, junto con al grupo Poesía y Trayecto, la Asociación de Escritores de México ha participado propuesto actividades dirigidas a públicos populares que acuden al evento.
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Presentación en el homenaje a Raúl Zurita / Aprender a hablar de nuevo / César Cortés Vega
Presentación en el homenaje a Raúl Zurita / Aprender a hablar de nuevo / César Cortés Vega
Presentación en el homenaje a Raúl Zurita / Aprender a hablar de nuevo
+ César Cortés Vega
Texto leído por César Cortés Vega en el homenaje realizado al poeta chileno Raúl Zurita, quien recibió el Primer Premio Honorífico por Trayectoria en la Poesía Sor Juana Inés de la Cruz 2023. Agradecemos la invitación a Carmen Rojas Larrazábal, directora de la editorial El arco & la flecha.
Aprender a hablar de nuevo, luego de la interrupción que la violencia y el desasosiego político y represivo provocan, requiere de una fuerza particular. Tal potencia demanda de un temple manifiesto para la enunciación, que se imponga a un silencio hecho del acato a la frialdad de los acontecimientos. Porque, ¿qué y cómo se dice después del terror, cuando el leguaje que nos ha sido dado —capaz de discernir entre lo más sutil—, es forzado al mutismo? Nuestra América Latina tiene muchos ejemplos de tales contingencias, que provocan el retraimiento de pueblos enteros por largos periodos históricos. Entonces, ¿qué pasa con todo lo que puede, y más aún, debe decirse? Porque aquello no desaparece, sino que se mantiene en las particularidades del trato, de sus aparentes ventajas en los intercambios de la vida cotidiana para la adaptación y luego el olvido. Entonces, creo que una opción más allá de tales sigilos, y de su devolución en la ominosa cotidianidad de la conveniencia, se encuentra en la poesía.
Y avanzo rápidamente lo anterior porque es sabido que Raúl Zurita, nuestro homenajeado y premiado poeta, localiza su obra en este problema primero. En voz de Franco Cagnini, hay que colocar su trabajo en un desafío a la exigencia que lanzara Theodor Adorno cuando llamó a un silencio obligado de la poesía luego de los acontecimientos de Auschwitz. Sin embargo, si es cierto, como Heidegger sostiene, que la obra de arte no es la reproducción de los entes singulares existentes, sino la de la esencia general de las cosas, ¿qué se hace con aquel miedo que puede hacerse cómplice de todo el mal que lo ha provocado? Una respuesta está en la obra como una operación de resignificación de los acontecimientos. No es, como tal, un recurso para la memoria vista como documentación política, sino de una evolución «a pesar de». Iluminar todo aquello que, por mera apariencia hecha de la domesticación, no se imagina perentorio. Por ejemplo: el amor. Y es que creo que la obra de Zurita en tales contextos no implica un irrespeto a un momento en el cual desde el dolor absoluto Adorno habría expresado su dictado, sino su evolución luego de la conciencia del desastre. No la calma, sino una reflexiva oposición. Refutar el atropellamiento de todo y todos en el índice de una lógica operativa. Sin pena y sin miedo, como Zurita escribiera sobre el desierto de Atacama en 1993, y que rememoraba aquellos otros textos realizados en el cielo en 1975 desde avionetas y en plena dictadura pinochetista. Por eso es por lo que se debe mencionar el amor en su obra, ejercido en el coraje de su búsqueda mediante la escritura —con todo y dientes despostillados y hermetismo en los puños—, pues, atreviéndome al lugar común, ese es el concepto fundador de toda la poesía. Aquello que, como dijera Víctor Jara, es un camino que de repente aparece, a pesar de todo, de las bombas sobre los edificios y los hospitales, de las madres llamando a gritos a sus hijos debajo de los escombros, en medio de la noche y las cenizas. Zurita podría decir —dice—, esa es la demencial apuesta de la poesía. Ya en su “Canto a su amor desaparecido” reafirma:
Canté, canté de amor, con la cara toda bañada canté de amor y los muchachos me sonrieron. Más fuerte canté, la pasión puse, el sueño, la lágrima. Canté la canción de los viejos galpones de concreto. Unos sobre otros decenas de nichos los llenaban. En cada uno hay un país, son como niños, están muertos. Todos yacen allí, países negros, áfrica y sudacas. Yo les canté así de amor la pena a los países. Miles de cruces llenaban hasta el fin el campo. Entera su enamorada canté así. Canté el amor.
César Cortés Vega. Escritor y artista visual. Algunos de sus libros publicados son “No tocar. Anotaciones sobre el riesgo posmexicano” (ensayo, EP); “Calibán no ha muerto. Para una relectura de Roberto Fernández Retamar” (ensayo, Colores primarios); “Poetas esclavos, máquinas soberanas” (ensayo, Centro de Cultura Digital); “Tanuki y las ranas” (novela, Librosampleados); “Abandona Silicia” (novela, Amphibia editorial); “Espejo-ojepse” (noveleta experimental, Puntodata); “Periferias y mentiras. Textos sobre arte, banalidad y cultura” (ensayo, Fomento a la Cultura Ecatepac); “Arx poética” (poesía, Editorial Literal); o “Reven” (XX Premio Interamericano de Poesía Navachiste 2012). Ha presentado obra visual en México, España (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), Dinamarca (Bienal Metropolys Laboratory), Irlanda (National College of Art and Design/Gallery), Japón (Tsubakihara group, Nagoya Artport) y Ecuador (Centro de Arte Contemporáneo de Quito). Coordina la publicación Cinocéfalo; revista de crítica, arte y literatura. Desarrolló el proyecto curatorial “Dossier; encuentros colaborativos” apoyado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Estudió la Maestría en Artes Visuales en el Posgrado en Artes y Diseño de la UNAM y el diplomado en creación literaria en la Sociedad General de Escritores de México.
Página web: https://cesarcortesvega.com/
Reseña / Una novela que soñaba con ser ensayo [«La conjura contra Porky» de Fernando Vallejo] / Enrique Sebastián García Perales
Reseña / Una novela que soñaba con ser ensayo ["La conjura contra Porky" de Fernando Vallejo] / Enrique Sebastián García Perales
Una novela que soñaba con ser ensayo
["La conjura contra Porky" de Fernando Vallejo]
+ Enrique Sebastián García Perales
Colaboración de Enrique Sebastián García Perales quien participó en nuestra convocatoria para el envío de textos a ser publicados en este espacio. Reseña crítica de la última novela del polémico escritor colombiano Fernando Vallejo «La conjura contra Porky». [Si deseas enviar alguna colaboración para que aparezca en este espacio, acá las bases: Convocatoria].
El silencio se vuelve un hábito cuando el hombre y la vida no tienen ya nada que decirse. A sus ochenta años, una edad en que la mayoría de las personas han agotado todas sus palabras, Fernando Vallejo ofrece una novela donde el ruido parece ser el principal atributo. En La conjura contra Porky (Alfaguara, 2023), la pluma del escritor colombiano es una manguera de fuego que alimenta las ideas más incendiarias de la actualidad. No perdona nada ni a nadie, pues para él nada ni nadie merece ser perdonado. Exabrupto de ciento cuarenta páginas, el libro de Vallejo se da a la tarea de nombrar todo aquello que en la realidad a veces parece innombrable. La lectura, sin embargo, parece ser un laberinto que cambia de forma con cada paso que da el lector, pues alterna no sólo de estilo, sino de género. ¿Ensayo, pasquín o noveleta? La conjura contra Porky es una cruza de las tres. La insistencia del autor por hacerse oír a cualquier precio hace que todos se tapen los oídos.
El relato arranca con la muerte del protagonista y narrador, el propio Vallejo, quien se ha suicidado frente a la Basílica Metropolitana de Medellín. Con una soltura de palabras que, irónicamente, sólo apareció después de guardar silencio para siempre, empieza a narrar cómo los curiosos antes que las moscas se reunieron en torno a su cadáver para comentar el hecho. En los rostros de la gente, en su vestimenta, en sus opiniones y en sus prejuicios, Vallejo halla las mismas razones que lo condujeron al suicidio, como si los vivos fueran la excusa perfecta para dejar de vivir. La crítica social, que por momentos se anunciaba como un resurgimiento de los mejores pasajes de La virgen de los sicarios (Alfaguara, 1994) decepciona rápidamente al convertirse en una suerte de tiro al blanco donde cualquier lugar es la diana. Greta Thunberg, Jesucristo, Vladímir Putin, Isaac Newton, Tomás de Aquino, Bill Gates, Santa Teresa, Joe Biden, Juan Pablo II, Albert Einstein, Adán y Eva, Charles Darwin, Raúl Castro y Donald Trump, entre otros, son receptores (y merecedores) de los insultos que Vallejo les confecciona como un traje hecho a la medida en párrafos largos y tediosos. Es ahí donde la novela se pierde por los caminos del ensayo y termina, sin saber realmente cómo, en el pasquín. El relato propiamente novelesco cabe en la mitad de páginas que conforman el grosor de La conjura contra Porky, pues además de atacar a figuras públicas, se dedican muchas páginas a ridiculizar la Física, la Biología, la Teología y la Política. El estilo cargado de pesimismo mordaz que volvió célebre al autor de El desbarrancadero (Alfaguara, 2001) se reduce aquí a la injuria fácil y gratuita. Los únicos que salen bien parados son los animales, causa de lucha para Vallejo en la vida real, y las canciones de Cuco Sánchez, depositarias de toda esa melancolía que no supo plasmar en su libro.
Un aspecto curioso de la obra es cómo su autor resuelve el dilema de las críticas negativas, adelantando su respuesta a ellas en el relato mismo, como si fuese un criminal que limpiara la escena de su crimen antes de cometerlo. Se ha dicho que Vallejo recicla sus temas y no ofrece nada novedoso al público, pero acaso se repite porque la historia humana se repite, como si ambos, escritor y acontecimientos, ya no tuvieran otro tema de conversación que el olvido (y el olvido del olvido). Lo innegable es que el ganador del Rómulo Gallegos 2003 escribe a la par que se dan los hechos en el mundo, por lo que su texto resulta tan actual como el periódico de la semana pasada. Otra peculiaridad de la obra es su tono profético, pues en el universo de La conjura contra Porky la vida humana llega a su fin unas semanas después del suicidio de Vallejo a causa de una guerra nuclear. El propio narrador, desde la muerte, explica en su desencanto por qué el hongo atómico era
una conclusión apropiada para el hombre: como nada sirve, todo debe desecharse. Igualmente, ridiculizar la religión valiéndose de metáforas desproporcionadamente absurdas es una de las características esenciales de Vallejo que se mantienen a lo largo de la novela. Para él, la resurrección de Lázaro por Cristo es análogo a los efectos del Viagra en el pene, así como el amparo que buscan los hombres en la Virgen no es diferente a la protección que se busca en un guardaespaldas con metralleta. Finalmente, los representantes de la tecnología moderna escogidos para cargar con todo el rechazo de Vallejo son Alexa, Siri y TikTok.
La conjura contra Porky es un ensayo que tuvo la mala fortuna de nacer como novela. No deja de extrañar que Fernando Vallejo se inclinara por este género a sabiendas de todos los temas que pensaba tratar, pues en La puta de Babilonia (Planeta, 2007) ya había encontrado la manera de aterrizar un ensayo serio en su prosa característica. Habría resultado más atrayente darle a sus ideas la forma que merecían, conocer su perspectiva de la realidad sin los estorbos de la ficción. El punto que salva al libro de naufragar irremediablemente en su propia tormenta de palabras reside en cómo analiza sucesos que ni siquiera los historiadores han tenido tiempo de analizar. Vallejo, como escritor, demuestra cómo la literatura se adelanta a la historia en muchos aspectos. Tristemente, y en esto podemos compartir el pesimismo del colombiano, la historia reciente se ha escrito más con sangre que con tinta.
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– Vallejo, Fernando. La conjura contra Porky. Colombia: Alfaguara, 2023, 139 pp
Enrique Sebastián García Perales. Estudia Historia en el Instituto Mora. Becario en los años 2022 y 2023 de la Fundación para las Letras Mexicanas para el Curso de Creación Literaria en Xalapa. Ganador de una Mención Honorífica en el concurso de mini ficciones «Voz del Narrador 2022» por Soledad. Ha colaborado con Senderos Filológicos del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, La Palabra y el Hombre de la Universidad Veracruzana y la Revista ORBEM de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.
Talleres 2024
Los talleres mostrados en esta carpeta están concebidos como parte de las labores de la Asociación de Escritores de México para brindar opciones de aprendizaje abierto alrededor de temáticas actuales relacionadas con la literatura, la lectura y la escritura. Pueden ser tomados de manera individual o también conformar en conjunto un diplomado completo.
Ensayo / La vida transversada por la literatura en el pensamiento de Gilles Deleuze / Juan Rey Lucas
Ensayo / La vida transversada por la literatura en el pensamiento de Gilles Deleuze / Juan Rey Lucas
La vida transversada
por la literatura
en el pensamiento
de Gilles Deleuze
+ Juan Rey Lucas
Colaboración de Juan Rey Lucas quien participó en nuestra convocatoria para el envío de textos a ser publicados en este espacio. Breve ensayo que sigue la pista de las reflexiones del filósofo francés Gilles Deleuze en una de sus obras fundamentales, «Crítica y clínica». [Si deseas enviar alguna colaboración para que aparezca en este espacio, acá las bases: Convocatoria].
“La vida no se trata de encontrarse a sí mismo. Se trata de crearse a sí mismo”
George Bernard Shaw
“La escritura es la pintura de la voz”
Voltaire
“Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros”
San Agustín
Los procesos de la literatura: la escritura y la lectura, no hacen referencia a una representación o a una testificación de lo que acontece en la existencia como tal. La literatura lleva un cambio de naturaleza en su haber: su dirección es por lo descabalado y fragmentario. No quiere decir insuficiente, sino abierto. Lo inagotable del suceder. Es la conversión constante de lo ocurrido. Perpetúa propagación. Lo excesivo no como desmesura nociva, sino para la circulación de las intensidades en lo ilimitado: es decir, la vida. La literatura es un plegamiento del advenimiento. No hay mimetismos, ni reflejos, ni simbolismos —pueden que se usen para que funcione en lo pragmático—, pero lo útil no tiene nada que ver con lo prodigioso o con la transformación que tiene el arte de rúbrica. Se acontece diferencial tanto para el escritor como el lector. La producción a-aparalela registra su engarce en singularidad propia y creada a modo distintivo; o también existiendo de manera simultánea. El desarrollo literario o leyente no se queda en la figuración del hombre quien se encuentra tras bambalinas. Tan sólo entraríamos en un dominio de antropomorfismo regulado de sujeto a objeto. El devenir mujer, animal, o mineral —entre otras más variantes—, implica un ingrediente de evasión afanosa, yendo en contra de su configuración. Su misión como tal es evadir el presente. Ante la abyección de lo masculino para el maestro Gilles Deleuze, eso es más que suficiente para lograr un trazado caligráfico-geográfico desemejante ante uno mismo. El advenir-mujer no se pone en parangón ante la masculinidad, como lo marcaría la estructura del binomio, ni siquiera a la misma feminidad de la mujer que ejerza la línea de fuerza (un acto refractario), sin afanes de un manoseado concepto de empoderamiento o reclamo panfletario. El advenimiento no es el acabamiento de una forma o idea; más bien, buscar la zona de inmediación, que consiga la transición inapreciable, no por aislamiento, sino por nutrimento.
“Es un proceso, es decir es un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. La escritura es inseparable del devenir; escribiendo se deviene-mujer, se deviene-animal o vegetal, se deviene-molécula hasta devenir imperceptible”. (Deleuze, 1996, 5)
La distinción que fecunda el advenimiento es para consolidarse en lo intangible, tal que sea a sí mismo indistinto por vitalidad creadora y veraz. Súbito en su manifestar. Se ensamblan demarcaciones de inmediaciones para suministrarse de los aparatos literarios de los que se requieran: urbanización sin ascendencia. Constantemente, a través de las voluptuosidades, las especies, y las soberanías, se hace constante un acaecer. Entre A y B, lo que ocurra por las dos proposiciones será lo que nos interese. No es llegar a un destino, sino recorrer todos los puntos posibles hasta convertirlos por inercia en líneas de energía. El devenir brota en el “medio”. De igual, la hegemonía del artículo debe ser evitado (La mujer, El animal, etc.) Será solamente una alimaña, un pétreo… una existencia. No es la designación de lo supremo, ni el ejemplo, ni la autoridad; es la eclosión de lo múltiple en procesamiento de una reiteración que germina con la novedad de lo otro. Todo personaje, experiencia o construcción de lectura se levanta en lo expandido-inasequible. No es la adquisición de condiciones consecuentes, sino que la introducción a un área de contornos y elipses. La literatura y lectura obran en una gimnasia sintomática: entrenamiento de los escapes y las deserciones: así el arte marcialista que patea sin tener estructura ni rapidez; o el futbolista que gambetea sin espacio; de igual la bestia que consigue tener imaginación, o el granítico que emerge con palpitar. El léxico se esmera y propulsa él mismo travesías desconocidas por la materia, y por implícito lleva lo fatídico. De un emisor a un receptor no nos es apto; sino habrá que dar trayecto creativo a otras dimensiones de diseño nigromante. La alocución es una delineación para la confección de una perífrasis de lo efectuado con las entidades.
“La lengua ha de esforzarse en alcanzar caminos indirectos femeninos, animales, moleculares, y todo camino indirecto es un devenir mortal. No hay líneas rectas, ni en las cosas, ni en el lenguaje. La sin-taxis es el conjunto de caminos indirectos creados en cada ocasión para poner en manifiesto la vida en las cosas”. (Deleuze, 1996, 6 -7).
No es el propósito la enumeración de las memorias, los periplos, las relaciones, los triunfos, las aflicciones, los anhelos. Tanto igual un superávit de realidad o de fábula se corre el riesgo de caer en la falla o el error. Así también, encerrarse en una configuración familiar con remembranzas edípicas. La indagación hacia lo paterno o materno, o del hermano perdido, son las introspecciones que pueden limitar o degradar la experiencia. El psicoanálisis que resulta siempre en el hijo desahuciado o espurio. Los devenires se encuentran en los riesgos de caer coagulados en los estereotipos de la cognación. Las corrientes sicológicas o psiquiátricas sólo dan un camino sin salida, y retornan a los lugares comunes de la repetición, o al calco de las subjetividades. La literatura y lectura siguen traslados trastornados, desprogramados a través de un deslizamiento de lo personal, pero sólo con el propósito de volcarse a lo anfibológico, que puede percibirse en lo genérico, pero que se cincela en lo peculiar e inconfundible de su morfología (in)material. El acaso eminente. El surgimiento sea dentro de uno o de lo otro, o un tercero, que se proyecta en un inconsciente lúcido. Cierto que hay un delineamiento apolíneo en las personalidades de los personajes literarios; pero aquellos atributos, tildes, y facciones son los que logran la potenciación que lo vislumbra en lo indistinto— inacabable, ya que son remolcados por preponderancia. Es verdad que existe un andamiaje para el coherente-movimiento de las entidades; pero que no debe caer en redundancias, xerocopias, o refracciones. Se trata más bien de la adquisición o cacería de aquellos vaticinios tan exorbitantes como lumínicos.
La neurastenia personal impide que se propaguen las intensidades. Se puede terminar en un territorio que paralice las funciones de magnitud: poliomielitis del procesamiento. Es cuando el escritor y el lector, sea la coordenada a ser trazada, debe actuar como galeno de sí mismo para devolver el flujo de las fuerzas o la invariabilidad arpegia. La literatura en estas líneas procesales fructifica esquematizado de sanidad. El autor y el lector pueden prescindir de una salud en su cabalidad; más exulta una ínfima, empero irreprimible lozanía manufacturada por los aconteceres de los que ha sido testigo, de índole sobreabundante. Le exceden en su mortalidad y potencia, y con la poca salubridad contenida puede verterlas en el orbe. Le merman su vigor, pero en pro de un cuerpo espiritual que busca el no agotamiento de los afectos: un cuerpo sin órganos. Algo que en un estado salutífero pleno no podría conseguir.
“De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá dónde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros?” (Deleuze, 1996, 9).
Parte de la nueva corpulencia procurada por el literato y el lector se da para proyectar y ser creador de nuevas tribus. Un menester quimérico. Los propios remanentes son retributivos, en tanto se les genere una nueva vírgula sin precedentes ni consecuentes. Porque no es el pueblo por antonomasia, sino los nativos que advienen-insurrecto. Una población en menor por cantidad, pero pantagruélico por los arrebatamientos que es capaz de exponenciar en cualidad.
“La literatura es delirio, pero el delirio no es asunto del padre-madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es histórico-mundial, desplazamiento de razas y de continentes.” (Deleuze, 1996, 10)
Pudiendo haber un escollo en el devenir, por efecto de doma, ya que emanan delirios que se canalizan hacia la dominación y no a la revolución. Siempre habrá que cuidarse de la crisálida fascista que pueda tornarse cancerígena.
El lenguaje en concomitancia con la literatura permuta en un inédito léxico, que es otro devenir. Una pormenorización por el proferir que se está inmerso para dilatarlo, para soltarlo, para hacerlo huir. Ristra taumatúrgica que escapa del absolutismo. No hay necesidad de conectar con neologismos o arcaísmos, ya que la nueva lengua se dispara por tartamudeos, balbuceos, farfulles. Anatomía inaudita. Es la revelación de una mirífica de-formación, creativa y fértil. Con todo ello, para el buen escritor y lector en el filósofo de París se han de empecinar por afrontar los lindes del abismo. Actitud temeraria, sin recompensas ni perdidas, y con solamente la gratitud de la osadía implementada. Porque el escritor escribe y el lector lee, pero no para quedarse en el pleonasmo, sino para algo más. Y ese algo más es lo que —casi siempre— vale el pulso de la vida.
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Bibliografía
– Deleuze, Gilles, 1996, Crítica y Clínica. Barcelona, Anagrama.
Juan Rey Lucas. Triada Primate TV (Perú), El Noticiero Nacional, Producciones Llurei, Teresa Magazine, Revista Monolítico, Tinta Sangre, Pravia Magazine, Muridae, Granuja, Poetómanos, Miel y Letras, El Rincón del Lector, Enpoli, El Rizo Robado, Shango Lector, Katabasis, Marginalees, Cisne Revista Digital, Sputnik, Nudo Gordiano, Gaceta Lenguas y Letras (México), Estudio Dos emisora web, Culturalmente, Letray-Legal (Colombia), Poesía Embotellada, Rocamaduor (Argentina), Diversidad Literaria (España), ZUR (Chile), Awen (Venezuela); en youtube para Rincón Poético (Venezolana-colombiana). Como corresponsal periodístico para contribución del portal Xochipilli Podcast (con sede en el Instituto Cervantes en Chicago, Illinois).
Reseña / Si persisten las molestias, consulte a su médico / Carmen Macedo Odilón
Reseña / Si persisten las molestias, consulte a su médico / Carmen Macedo Odilón
Si persisten las molestias, consulte a su médico
Reseña de Moho de Paulette Jonguitud Acosta
+ Carmen Macedo Odilón
Colaboración de Carmen Macedo Odilón que participó en nuestra convocatoria para el envío de textos a ser publicados en este espacio. Reseña de la novela Moho de Paulette Jonguitud Acosta en la que Constanza, su personaje, sufre una transformación corporal inesperada. [Si deseas enviar alguna colaboración para que aparezca en este espacio, acá las bases: Convocatoria].
Seguramente, si alguien habla de “cuerpos infectados” en la literatura, la primera imagen que vendrá a nuestra mente será un zombi, una novela distópica, el experimento de un arma química o una enfermedad tropical transmitida por alguna nueva variante de mosquito. ¿Pero qué sucedería si el cuerpo infectado es el de una mujer en cuya ingle se distingue un lunar? Es probable que no pase a más y le atribuiremos la marca a una larga exposición solar y a un exceso de melanina. Pero Constanza tiene un lunar, y encima es de color verde; aunque lo lave, talle y le vierta cloro encima, éste no desaparece. Es afelpado, está vivo, tanto como su portadora: el sostén de un microcultivo de esporas. La marca no desaparece y crece hasta que sus piernas lucen como un tronco al que le saldrán retoños. Es un asunto que va más allá de la heráldica del cuerpo, es Moho, una novela corta de Paulette Jonguitud Acosta, escritora mexicana contemporánea.
Publicada en el 2010 en la Ciudad de México por el Fondo Editorial Tierra Adentro, la obra comprende 27 capítulos distribuidos a lo largo de 86 páginas. Es una historia breve, pero no por ello carece de misterio, negación, culpa y cambio.
La literatura escrita por mujeres suele dar un tratamiento puntilloso al asunto de la corporalidad, particularmente en sus personajes femeninos. La premisa de Moho es la siguiente: una mujer habla a una grabadora acerca de la metamorfosis que sufre y que transforma su humanidad al reino vegetal. Y todo empieza con una mancha verde…
Moho emplea la metamorfosis como tematización de la imposibilidad de detener el envejecimiento del cuerpo, el deterioro de las relaciones familiares y los tormentos del pasado. La protagonista se sumerge en la vulnerabilidad al no poder detener la intrusión de la mancha verdosa que avanza para causarle un mayor rechazo que el que ya sentía por su cuerpo, el vientre, las várices, la pérdida de la juventud. El asco.
La primera reacción de Constanza es caer presa del pánico, incluso no le importa lastimar su piel con tal de que la mancha verde desaparezca, previo a la boda de su hija Agustina. La aparición del lunar funciona como el detonante para mostrar otra faceta suya que había estado conteniendo y que la lleva a buscar el origen de su padecimiento, temerosa de que sea el principio de su final.
No obstante, conforme la historia avanza, Constanza acepta la transformación que está viviendo, y en algún momento reconoce su cambio con orgullo.
David Loría Araujo, en su artículo “Hacia otra piel: Del cuerpo ‘infectado’ al devenir corporal en Cecilia Eudave, Paulette Jonguitud y Guadalupe Nettel”, publicado en Armando Literaturas en México (1990-2018) Poéticas e intervenciones, compara los modelos previos de lo que ha denominado “cuerpo infectado”, y asemeja a Jonguitud con las narrativas similares que están escribiendo sus contemporáneas. Cecilia Eudave, escritora de ciencia ficción y género fantástico y Guadalupe Nettel, autora reconocida por abordar temas siniestros, son la muestra de que existe otro tipo de literatura acerca de la metamorfosis y la presencia de corporalidades no normalizadas —en obras de las ancestras literarias mexicanas del siglo pasado, del calibre de Guadalupe Dueñas, Amparo Dávila, Inés Arredondo y Adela Fernández— que no necesariamente tienen que generar rechazo ni ser consideradas como monstruosidad. Una de las posibilidades de la metamorfosis es la opción de la renovación, luego de expiar culpas, pese a dejarse llevar por las emociones que pudren el espíritu.
Constanza, mientras trata de evadir al parásito que se abre paso en su cuerpo, se desplaza en el espacio doméstico, mientras que, en cuanto a la acción interna, se deja invadir por los recuerdos: un niño indeterminado y el origen del distanciamiento entre ella y su hija. Los lazos, también marchitos, devienen hasta volverse ajenos, tal y como el cuerpo de Constanza, mientras lucha por contener el miedo ante lo irreversible. Hasta que dice: “el moho no tenía que ser una prisión. Podría ser una salida” (53). El cambio cumple la finalidad de la renovación, cuando las plantas se vuelven hacia ella. Y los lectores también abrazamos ese cambio.
La obra de Jonguitud es una lectura intimista, incómoda —tal vez demasiado viscosa— y reveladora, que resignifica la madurez humana, aunque en ocasiones cause una sensación de comezón en la ingle. Y me ha dejado más claro que nunca el hecho de que las marcas corporales y los ardores en la piel son la antesala de otros trastornos internos, incluso de una batalla que estamos perdiendo antes de comenzar. Por ello, ante el menor cambio en la coloración habitual de nuestra piel, hay que ser prudentes y consultar de inmediato a nuestro médico de cabecera. No dudo que Paulette Jonguitud, lo recomendaría.
Carmen Macedo Odilón. Bibliotecóloga y licenciada en Creación literaria. Autora de las plaquettes Pequeñas desaparecidas y Visiones de un después no humano (Ediciones Arboreto 2022, 2023). Ha publicado en cinco antologías de cuentos para adolescentes de Editorial Escalante (2015-2022); Esencia de afroditas VII (Laboratorios de escritura, 2021); IV antología de cuento de Escritoras Mexicanas (Escritoras Mexicanas, 2022); Siniestras. Antología de cuentos de mujeres que incomodan (Especulativas, 2022); Antología de narrativa, séptimo aniversario (Revista literaria Trinando, 2022); El tejido de la mujer araña. Antología literaria. Maternidades disidentes Volumen II (Mapa de escritoras mexicanas, 2022); Sobre la tela de una araña. Literatura para niñas y niños en México (Ediciones Momo, 2022); Mujeres con voz de tinta. Terror (Voz de Tinta, 2022), Antología de cuento latinoamericano contemporáneo 2023, (Astrolabio editores, 2023); Escríbeme donde te encuentras (Endora Ediciones; Vuelo de pluma; ¡Oh, Capitán! Editorial, 2023); Liminales II (Casa Futura, 2023) e Insectos en la microficción (Eos Villa, 2023), entre otras. También en las revistas: Ágora (Colmex), Palabrijes (UACM), Acuarela humanística (UAEMEX), LIJ Ibero, Revista de Literatura Infantil y Juvenil (IBERO); Punto de partida y Punto en línea (UNAM), los sitios: Penumbria; Espejo humeante; Irradiación; Teoría Omicrón; Especulativas, etc. Colabora en la revista Cuentística y en Imaginarias: Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción. Tiene cuentos premiados por universidades mexicanas tales como: UACM, UAM, UAA y UV.
Relato / Buscadoras / Luis G. Torres Bustillos
Relato / Buscadoras / Luis G. Torres Bustillos
Buscadoras
+ Luis G. Torres Bustillos
Colaboración de Luis G. Torres Bustillos que participó en nuestra convocatoria para el envío de textos a ser publicados en este espacio. Relato en el que se describe una extraña epifanía en medio de la desolación que implica la búsqueda de cuerpos de desaparecidos en el desierto. [Si deseas enviar alguna colaboración para que aparezca en este espacio, acá las bases: Convocatoria].
Para los padres y madres que hoy buscan a sus hijos
Esta mañana amaneció un poco fría el tiempo. Nos levantamos y arreglamos las tiendas en las que dormimos y preparamos café para desayunar. Alguien sacó unos tamales, que comimos fríos, otras, pan dulce, galletas y tacos de frijoles refritos. Salimos del campamento antes de que el sol subiera y quemara más.
Somos unas veinte buscadoras, más o menos. Claro que algunas tienen años de experiencia. Otras como yo, apenas nos incorporamos. Estamos preparadas con lo que se requiere para la búsqueda del día de hoy: todas traemos un paliacate al cuello, gorra o sombrero de lona y una bolsa que se ata a la cintura, para cargar algunas herramientas. Es costumbre salir a la búsqueda usando las playeras que mandamos a hacer, con las fotografías de nuestros hijos, nietos o esposos.
Recibimos las indicaciones de Irma, que lleva el grupo: “Nadie se separe. Si encuentran algún indicio, no tocarlo. Hay que avisar a todas. Usen guantes, gorra y manga larga”. El sol está tremendo en estos días. Las jornadas son extenuantes. Venimos a buscar una o dos semanas cada mes. Hay mujeres que tienen ocho, nueve, doce años buscando.
Mirta es una de las más antiguas. Perdió a sus dos hijos de trece y catorce años. Venían de un entrenamiento de futbol, en shorts y zapatos de tacos. Nunca regresaron a casa. Adelita es una señora mayor, pero llena de energía. Su nieta desapareció hace dos años y no deja de buscarla. Su hija trabaja todo el día, así es que ella se ha hecho cargo de la búsqueda, con el resto de madres y padres que estamos aquí.
Susana es una joven que perdió a su hermana. Ella salió de casa, a visitar a unos familiares. Nunca llegó a su casa. Todos ellos están estampados en las playeras que usamos sobre de la ropa. Fotografías, nombres y fechas. Para que todos los vean, para que no queden en el olvido. Para que nadie olvide a nuestros desaparecidos. Otros no han podido imprimir playeras, pero han hecho cartelitos en donde pegan la foto y ponen los datos. Después se envuelve en plástico (para que no desaparezcan los datos cuando llueve) y se los cuelgan sobre el pecho.
En esta búsqueda nos acompañan tres hombres. Uno de ellos es un periodista joven, que quiere saber más sobre el movimiento. El otro es un amigo de dos buscadoras muy entusiastas, se llama Teobaldo, pero todos le decimos Teo. El último, es un policía que han enviado para apoyarnos. Él está armado. En total somos unos veinticinco. Desde temprano tomamos camino a la zona que nos toca peinar hoy.
Primero barrimos una zona más o menos plana, sin árboles ni casas, en la que solo hay matorrales y pequeñas plantas. Hacemos una larga fila al inicio del terreno y al oír el silbatazo de la coordinadora, empezamos a caminar, mirando al piso y ayudándonos con los bastones o palos que traemos, para mover el pasto y las matas, en búsqueda de un objeto, una señal que nos indique probabilidad de encontrar a nuestros desaparecidos. A veces hallamos un zapato, un pedazo de camisa, una bolsa de plástico amarrada y damos aviso. Todos nos reunimos para ver lo hallado y decidir si vale la pena llevarlo o no. A veces esas bolsas solo contienen basura, deshechos de comida o latas.
Seguimos avanzando bajo el rayo del sol. A media mañana ya acabamos esa gran zona y nos indican que hay que parar y hacer una rueda. Las compañeras encargadas del agua empiezan a pasarnos botellas plásticas o cantimploras llenas de agua limpia. Todos bebemos y nos secamos la frente, las sienes y la nuca con los paliacates. Tomamos aire, pero no nos sentamos, porque sabemos que en breve saldremos otra vez.
A veces, cuando vamos caminando silenciosas, alguna buscadora empieza a cantar. No falta quien la siga. Su canto es triste. A veces son viejas canciones del pueblo, quizá una que les recuerda a quien buscan, o que solamente las lleva a momentos felices. Hay momentos en el que todas nos preguntamos: ¿cuándo encontraremos una pista? ¿Dónde está esa fosa clandestina que buscamos con esperanza? Miro al cielo y no hay una sola nube. El sol me lastima los ojos y parece achicharrar mis pestañas. Pongo mi mano sobre la frente, haciéndome una visera. Miro alrededor. Todo es este semi-desierto. Allá al fondo, la sierra seca y agreste.
La jornada matutina se da por terminada. Bebemos un poco de agua y regresamos. Desandamos el camino para regresar a nuestro improvisado campamento. Allí el equipo encargado ya tiene prendidos los braceros. Se preparan sopes para todas. Sopes de salsa verde con cebolla y queso Cotija. Todos comemos con gusto, sobre el suelo o parados. Sacamos las tazas de plástico que guardamos para que nos sirvan agua fresca. Algunas platican en pequeños grupos, otras se aíslan una vez que han terminado de comer. El sol está muy alto. A nosotros nos protege una gran ceiba, pero alrededor no hay mucha sombra más.
Por la tarde buscamos solo unas horas, mientras la luz lo permitió. Después, regresamos al campamento. Un grupo empezó a preparar algo para cenar. Otras nos dedicamos a revisar y limpiar las herramientas que necesitaremos: picos, palas, latas metálicas, carretillas, cajones de plástico reforzado. Todo debe estar limpio y en buen estado para la búsqueda de mañana.
Después de cenar algo —hicieron quesadillas con hongos y café endulzado con piloncillo— cada quien se fue a sentar cerca de las tiendas de campaña, algunas de lona con doble techo, otras más improvisadas con palos, plástico y piola. Se prendieron algunas fogatas, pues a pesar del calor del día, por la noche bajan las temperaturas. Empiezan a aparecer las buscadoras enredadas en sarapes, jorongos y hasta cobijas. Me siento cerca de una hoguera, con Malenita y Carmela. Ellas platican en voz baja y ríen a tiempos. Yo solo las escucho, sin intervenir.
Carmela, como es su costumbre, está recordando los días con sus hijos. Tiene en la mano una fotografía enmarcada, donde aparecen sus familiares, parece que en una fiesta de fin de año. Todos sonrientes y arreglados.
—Esas fiestas fueron las mejores de mi vida, —dice Carmelita.
—Todos se ven muy elegantes, —le contesta Malena.
—Ese día estábamos todos: mi marido y mis cuatro hijos, mi suegra, mis cuñados y sobrinos. ¡Qué días!
—Y lo peor es que no lo sabíamos…—replica Malena y suspira hondo.
—Trabajábamos mucho, mi marido y yo al parejo. Queríamos lo mejor para los niños. Estábamos mucho tiempo fuera de casa, pero solo así alcanzaba. Mis hijos estudiaron toda su secundaria. Chabela llegó hasta la prepa. Pero mi Evelyn si hizo carrera. Fue la única con cabeza para el estudio.
—¿Qué estudió su hija, Carmelita?
—Acabó contaduría pública. Muy buena para los números. Después entró a un despacho donde le pagaban poco, pero aprendía muchas cosas. Ella siempre tan decidida, tan luchona.
—¿Y después que pasó?
—Pues cuando ya tenía más tiempo en el despacho, le dieron un nuevo puesto, con más responsabilidad, pero eso si…con mejor paga. Ella vivía con nosotros y me ayudaba mucho. Siempre me daba quincena, aunque yo no se la exigía, pero la verdad sí nos caía de perlas su ayuda.
Malena sabe lo que viene. Se queda callada y mira a Carmelita, que se limpia los ojos con su paliacate.
—Evelyn era muy responsable. Nunca llegaba a deshoras o se me desaparecía. Siempre sabíamos dónde andaba y con quién. Hasta ese fin de semana, que salió con dos amigas. Dijeron que iban al cine y al salir, cenarían algo. No era la primera vez.
Carmen se detiene y nos mira a las dos, con unos ojos ya muy anegados de lágrimas. Malena la abraza.
—Fue lo último que supimos de ella. Después ya saben: empezó la preocupación porque no regresó a casa, la búsqueda por todos lados. Cuando cumplió las 24 horas desaparecida, pudimos levantar el acta. Todo se hizo un caos. Así llevamos más de dos años, buscándola…
—¡Ay Carmelita!, Intervine por fin. —Su historia se parece mucho a la mía. A la de muchas.
Carmen trata de sobreponerse. Se seca las lágrimas y se abre el rebozo que la cubre para enseñarnos con orgullo la foto de su hija Evelyn, plasmada con una playera azul cielo. Una frágil y joven mujer, que sonríe enseñando todos los dientes. Me acerco y las tomo de las manos. Nos quedamos calladas. A veces es mejor no agregar nada más.
Al día siguiente la jornada empieza después del desayuno. Las buscadoras caminamos en fila india. Nos dirigimos a una ex-hacienda que está a unos kilómetros del campamento. El sol es inclemente y no sopla el viento. En un rato llegamos frente a la impresionante vista de la Hacienda “El general”. En medio de la vegetación se esconde esa antigua propiedad. Solo sobreviven las bardas exteriores y las paredes internas de la casa grande. El pasto, las plantas y los arbustos han cubierto todo el piso del antiguo lugar. No hay ventanas ni puertas, solo la construcción en piedra, cantera y cemento se mantiene.
Entramos a la hacienda y nos colocamos en un sitio en que la sobra nos protege. Ahí bajamos todas las herramientas, las cuerdas, el agua y los botes. Se organizan los equipos. A mí me tocó con Carmelita y un grupo de buscadoras más experimentadas. Yo soy la más novata. Vamos hacia el interior de la casa grande. Otras recorren los pasillos y los patios exteriores. Llegamos a unos cuartos muy grandes, donde hay un poco de cemento en los pisos. Algunas plantas crecen entre esos manchones grises. Llegamos hasta el corazón de la casa grande. Entramos a una habitación que aún tiene techo. Está semi-cubierta de plantas. Una sensación de frescura nos invade.
Después de un buen rato recorriendo esos laberintos, todas llegamos a una gran habitación, en la que hay al centro un boquete abierto. Parece que conecta la habitación con un sótano. Lo rodeamos. Irma nos indica que bajemos todo. Aprovechamos la pausa para secarnos el sudor de la frente y las mejillas. Se decide por unanimidad que vamos a bajar al sótano. Sacamos las cuerdas y los guantes de carnaza. En una cubeta ponemos guantes, linternas y otros utensilios. Irma va a bajar primero. Se coloca un arnés de cuerda sintética y lo ajusta. Todas miramos calladamente los preparativos. Después bajará Andrea. Irma nos habla a todas:
—Vamos a proceder con mucho cuidado. Hay que cubrirse boca y nariz con el paliacate. Quizá haya olores fétidos, a descomposición, de cualquier tipo.
Todas asentimos. Empiezan a bajar a Irma, lentamente. Cuando está en el suelo, suben la cuerda y el arnés. Ahora le toca a Andrea. Se repite la operación. Ahora se amarra a la cuerda dos cubetas con implementos.
Nos asomamos al boquete y desde ahí vemos perfectamente a Irma y Andrea. Han prendido las lámparas. Dese abajo preguntan:
—¿Quién más va a bajar ahora?
Todas nos miramos entre sí. Nadie habla, entonces yo digo, casi con timidez:
—Si creen que es adecuado, puedo bajar yo…
Todas asienten con la cabeza. Unas pocas asienten verbalmente y hasta alguna grita:
—¡Ánimo compañera!
Yo me emociono porque es la primera vez que hago esto. Me acomodan el arnés, me dan los guantes y después de colocarme el paliacate según lo indicado, empiezan a bajarme.
Al llegar a suelo, me extiendo y piso firme. Abajo no huele mal, solo se siente un ambiente húmedo y el cuarto está medio oscuro.
Las tres empezamos a andar, despacio, lámpara en mano. Cada vez se hace más oscuro. Empezamos a ver una serie de botes de lámina a los lados. También hay cajas de madera, y algunos otros trebejos tirados. Irma va al frente. Se detiene frente a unos botes del fondo. Nos asomamos. Algunos tienen tapa, otros no. Al moverlos nos damos cuenta de que todos están vacíos. Seguimos avanzando. Llegamos a lo que parece ser el final del sótano.
Hay unas cajas al fondo. Yo tiemblo de pensar en qué podemos encontrar ahí. Nos acercamos y en cuclillas, empezamos a sacar el contenido de todas las cajas, poco a poco. Parecen ser solo trapos y piezas mecánicas, quizás partes de un auto, o un equipo agrícola. Al acabar la revisión, respiramos hondo. Un poco decepcionadas. Así es esto. Regresamos al boquete donde nos esperan las buscadoras y empezamos a subir. Una a una…
Ya por la tarde y de regreso al campamento, comentamos todo lo sucedido en el día. Las emociones estos días son como una rueda de la fortuna. Escuchamos las historias de las buscadoras y nos contagiamos de las penas de nuestras compañeras. Nos hablamos y nos transmitimos fuerza y esperanza. Al iniciar el día estamos llenas de optimismo. Al final del día no podemos dejar de sentir una sensación de fracaso. Subimos y bajamos de ánimo.
Por la noche, después de cenar. Alba y Carolina organizan un rezo. Yo no soy muy católica. Si soy creyente, pero no muy practicante. Aun así, me acerco al grupo. Alba está leyendo unos pasajes de la pequeña biblia que siempre carga. Todas la acompañan en las oraciones. Yo permanezco callada, pero me siento muy vulnerable después de esos rezos. La reunión deja a todas animadas. La esperanza brilla en sus ojos. Nos abrazamos unas a las otras. Algunas se dicen palabras muy quedo:
—Que Dios nos ayude…
—La virgencita nos ha de auxiliar…
—Con el favor de Dios, encontrarás a tus hijos…
Todas entramos en un estado de paz y comunión.
Regresamos a nuestras tiendas de campaña, a prepararnos para dormir y comenzar mañana una nueva jornada. La noche está fresca. El cielo está oscuro y tranquilo. Sólo se oye el chirriar del fuego en la gran hoguera del centro. Los grillos y los sapos se hacen notar. Parece que gritaran desde sus escondites. Nadie se había dado cuenta, hasta que Virginia se queda mirando hacia el campo, más allá de nuestro campamento, fijamente. Dice algo para sí y señala con el dedo índice en dirección a ese lugar. Está atónita. Algunas se dan cuenta y empiezan a voltear hacia el mismo sitio. Se oyen expresiones de asombro. Nadie dice palabra. Se forma un barullo tal que las que estaban dentro de las tiendas de campaña, ya recostadas, salen a ver qué pasa. Alguna se pone de rodillas y se persigna.
Yo soy de las últimas en darme cuenta de lo que sucede. Allá, en un valle cercano, un conjunto de luces parece salir de la tierra y alumbrar hacia el cielo, como esos reflectores que se usan en las ferias y los teatros. La luz nace del suelo y sube hasta el cielo en tonos de ámbar y fuego. Todas estamos mudas, viendo ese extraño espectáculo, hasta que una de todas, grita:
—¡Vamos allá!, es una señal.
Todas empezamos a caminar hasta ese punto. Algunas entran a sus tiendas de campaña a buscar una linterna. Otras caminamos en esa dirección sin pensarlo dos veces. Las luces son claras. Llegamos hasta ellas y las rodeamos. Es un hermoso espectáculo. Una de las compañeras decide regresar al campamento por el bote de cal con perforaciones, que usamos para delimitar terrenos. Entonces, empieza a marcar con cruces el origen de cada una de las luces. Otras empiezan a traer herramientas. Pico y pala en mano, empezamos a excavar donde se marcaron las cruces. Algunas compañeras están alumbrando con las lámparas cada sitio. El ambiente es de nerviosismo. Trabajamos en silencio hasta que Alicia grita, la primera:
—¡Compañeras, aquí hay algo! ¡Es un cuerpo!
Luis G. Torres Bustillos. Nació en la CDMX en 1961. Ahora ya retirado de la docencia e investigación, vive en Cuernavaca, Morelos. Hace algunos años participó en el taller de cuento dirigido por Hernán Lara Zavala, dependiente del Instituto Estatal de Bellas Artes Morelos. También participó en el Taller de Literatura dirigido por Frida Varinia, de la UAEM, Cuernavaca, Morelos y el taller de cuento Ahora o Nunca de Daniel Zetina. Recientemente publicó en una treintena de revistas electrónicas como ZOMPANTLE, PERRO NEGRO DE LA CALLE, PLUMA, KATABASIS, TABAQUERIAS, ALMICIDIO. LETRAS INSOMNES, ALMICIDIO, entre otras. En 2021 publico en INFINITA su primer libro de cuentos: Pequeños Paraísos perdidos, y acaba de publicar el año pasado Sin Pagar boleto, cuentos y narraciones de viajes por México. Es egresado de la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos. Este mes de febrero presentó su tercer libro de cuentos INQUIETANTE, bajo el sello Infinita.
Reseña / El último metro, de Francisco Pérez Arce / Caricia Gorety Izaguirre Aldana
Reseñas / El último metro de Francisco Pérez Arce / Caricia Gorety Izaguirre Aldana
El último metro, de Francisco Pérez Arce
+ Caricia Gorety Izaguirre Aldana
Colaboración de Caricia Gorety Izaguirre Aldana que participó en nuestra convocatoria para el envío de textos a ser publicados en este espacio. Reseña en la que se da cuenta del libro «El último Metro», sexta novela del escritor nayarita Francisco Pérez Arce. [Si deseas enviar alguna colaboración para que aparezca en este espacio, acá las bases: Convocatoria].
El último Metro es la sexta novela que Francisco Pérez Arce publica en Itaca, las anteriores fueron Septiembre, en 2010, Xalostoc, en 2012, Hotel Balmori, en 2014, La huelga que vivimos, en 2017 y La blanca, en 2018, además de otros 3 textos de no ficción, El principio. 1968-1988, años de rebeldía, Caramba y zamba la cosa. El 68 vuelto a contar y Los maestros que vinieron del sur. El origen de la CNT. En todas las obras de Paco permea su postura política, su pensamiento de izquierda, un pensamiento que no es sectario, sino democrático en el que caben todas las voces, lo cual es aún más evidente a través de sus personajes. Las tres primeras novelas que mencioné forman parte de la trilogía Fin de siglo. El orden en el que fueron escritas creo que no es este (ya me corregirá Paco) pero en Itaca así fue como se publicaron. Lo que sí es cierto es que Paco ha logrado a través de todas estas historias presentarnos un amplio panorama de la vida cotidiana en la ciudad de México de los años 70 del siglo pasado a la fecha. Historias que se vuelven entrañables porque cuentan con personajes entrañables. Por ejemplo, en Septiembre, nos llevan de la mano Maga Ríos y Juan Minera, que con su historia de amor, “brincan” entre los años setenta, la guerra sucia en México, y 1985, el año del terremoto, como nos dice su autor: “cargan con una herencia que los une y a la vez les impide estar juntos” y que logran asombrarnos con cada uno de los descubrimientos que esos saltos en el tiempo permiten.
En Hotel Balmori, una joven mujer nos muestra su historia más íntima, la cual como dice Paco “no es sólo de ella sino de todos”, a manera de “un fresco” el autor reconstruye, a partir de sensibles situaciones los sueños y frustraciones de toda una generación: la de los jóvenes que enfrentaron el movimiento del 68, la guerra sucia de los setenta y las consecuencias funestas que dejaron.
En Xalostoc, Martín Médanos (personaje principal) nos ayuda a entender un poco más la algidez de un movimiento obrero, en esta historia el protagonista se ve envuelto en una aventura policiaca que es condimentada por sus aventuras amorosas y su pensamiento político, lo que la hace una novela totalmente dinámica, profunda, pero también muy divertida.
En La huelga que vivimos, Paco retoma a personajes emblemáticos de sus novelas anteriores, como Virgilio Lima, personaje determinante en Xalostoc y a Martín Médanos, protagonista también de Xalostoc. En esta historia de movimientos sindicales y estudiantiles, basada en tres testimonios, Pérez Arce nos contagia el entusiasmo y la rabia que a él y a sus compañeros de causa los marcaron para siempre.
En La blanca, nos presentó el ambiente pintoresco, pero también lúgubre e, incluso, trágico de una vecindad en la que convergen y conviven las historias personales de sus habitantes, nuevamente, las situaciones a las que estos personajes se enfrentan dan clara muestra de la postura política y social del autor.
Y, bueno, ya en El último Metro, podemos encontrar una pluma totalmente contundente en cuanto a la construcción de personajes y el propio ritmo de la trama, envueltos en un escenario urbano que oscila entre la Calzada de Tlalpan, cerca del metro Portales, una casa clasemediera, también de la colonia Portales, unas oficinas de Gobierno, tal vez cerca del Centro Histórico, algunos bares y antros, algunas calles de colonias marginadas, y una habitación de hotel en donde la intimidad de los personajes principales, Martín y Miriam, queda totalmente expuesta.
En esa habitación se suscitan los diálogos más profundos entre ellos, ahí se encuentran totalmente desnudos mas no totalmente desvestidos, sino que hay una desnudez de sentimientos, en la que dos perfectos desconocidos dejan de serlo así sin más: sin amor, sin sexo, sin pretensiones, sin promesas ni expectativas.
Martín Mira es un hombre de 50 años, que en un lapso de 11 días sufrirá una serie de vicisitudes que lo transformarán profundamente. El primero de estos días conoce a Miriam, que es una mujer de 30 años, con sus propios claroscuros y que será importantísima en esta transformación. A ambos los une la frustración, el desánimo y el deseo de venganza. Necesitan vengarse, pero no de lo que les acaba de pasar sino de toda una vida de injusticias, de ultrajes, de sinsabores, de días y noches de soledad, del desamor que ambos viven en sus propias vidas. Él, Martín, está cansado de que su “única prisa es moverse, no quedarse quieto…” de ser “un hombre de piedra”. Ella, Miriam, está cansada del ruido “destemplado” de la Calzada de Tlalpan, de ser “una masa manipulable para engañar sueños”.
Para él, todo en su vida es “suerte mediana, maldita suerte mediana…” nos dice, para ella, los días trascurren entre clientes anónimos, vecinas que ni siquiera la voltean a ver y en pintar y repintar la palabra del muro de su casa que alguien se empeña en que vea cada madrugada que llega cansada y vejada de su jornada.
Martín Mira nos dice en algún momento que “la justicia es adaptable, es como una almohada de plumas que se acomoda en tu cabeza. Lo injusto es lo que no mereces porque tú dices que no lo mereces, lo que no esperabas…” lo que nos hace preguntarnos ¿cómo decide la vida en que personas ensañarse?, en esta historia ¿qué tan responsables son ellos de los que les ha pasado?
Por un lado, tenemos a Martín, este hombre que, hasta ese momento, ha navegado en aguas tibias en su casa cómoda, con su vida familiar apacible, con seguridad laboral sin mayores pretensiones, que en un lapso de 11 días sufre una serie de cambios -catastróficos según él (porque para cuando intima con Miriam se da cuenta que sus problemas son pequeños comparados con los de ella)-, pero que lo obligan a replantearse lo que hasta ese momento consideraba una buena vida, gris, pero buena.
Y, por otro lado, está Miriam, esta prostituta, ya no tan joven para el oficio, que sobrevive a su día a día sin más esperanzas que la de llegar viva cada noche a su cuarto lleno de tiliches que se niega a tirar, quizá porque la hacen sentirse menos desechable a ella. Su pasado es mucho más catastrófico que el de Martín, ella sí sabe lo que son las desgracias, él descubrirá su verdadero significado cuando ella le platique sus desventuras.
Martín es quien nos cuenta esta historia, todo lo veremos a través de su mirada, de su interpretación, de su propia transformación. Un día como cualquier otro, sin más, es despedido de su empleo, después de muchos años y sin una razón de peso. Ese mismo día, conoce a Miriam, ese mismo día lo secuestran, al día siguiente, su esposa desde hace 25 años, le dice que se divorciará de él, al quinto día se entera que le robaron todo su dinero del banco y los siguientes seis días los ocupará, junto con Miriam, en tramar lo que será su venganza.
Más o menos a la mitad de la novela, los personajes comienzan a transformarse: ya no son Martín, el casi viejo, derrotado y triste del inicio, ni Miriam, la prostituta casi vieja, casi guapa y casi resignada, ahora comienzan a ser menos extraños entre ellos aunque no sepan sus nombres, menos ensimismados, menos cobardes. Vuelven a tener planes y esperanzas, no de forma contundente aún, pero sí comienzan a visualizar que “otro mundo es posible”, aun para ellos.
Conforme avanza la trama, asumen sus nuevos papeles: ya están enojados, ya tienen cierta valentía, vuelven a sentir entusiasmo por lo que les depara el futuro, el plan que arman para vengarse de sus victimarios dará total sentido a un encuentro que sólo parecía mercantil al inicio.
Muy al estilo de Paco, toda la novela está llena de reflexiones filosóficas, políticas, sociales y filiales, sus personajes nunca son planos, el autor logra que los sintamos cercanos, son personajes que en situaciones totalmente creíbles muestran fortalezas y debilidades que al inicio de sus historias no podríamos ni imaginar que tendrían. Sus historias tienen la capacidad de no aburrir o cansar, desde la primera página hasta el epílogo el ritmo es constante. Como buena novela, la estructura cuenta con un argumento sólido, personajes principales y secundarios bien logrados, una serie de conflictos que detonan esa transformación, obstáculos y un clímax. En el texto que nos ocupa, el final parece no ser el final. El autor deja entrever que más bien, podría ser el comienzo de otra gran aventura para este par de adoloridos humanos.
En esta historia no hay personajes ridículos, chocantes o increíbles, todas y todos son piezas invaluables de un engranaje ecléctico como la vida misma.
Caricia Gorety Izaguirre Aldana. Editora de libros con más de 12 años de experiencia. Realiza reseñas para presentar algunos de los títulos publicados bajo la editorial Itaca. Una de ellas se publicó en el blog considerandoenfrío.wordpress.com
[Continúa en siguiente entrega—>]
Escritorio / Editorial
Editorial / Escritorio
Presentación Escritorio
Escritorio es una sección en la que subiremos colaboraciones de nuestros asociados, así como de autores externos que nos envíen sus textos. Para ello hemos abierto una convocatoria permanente en la que se especifican las condiciones y formatos. Lo que nos mueve a ello es abrir espacios en los que se den a conocer perspectivas actuales, poniendo el foco de atención en las condiciones de lo literario. No está pensada propiamente como una revista, ni tampoco como un muestrario meramente enumerativo. En un sentido similar al que enunciara Maurice Blanchot en el libro “El espacio literario”[1]: en tanto la escritura implica una “exigencia” respecto a la condición de lo vivo que se enfrenta a la muerte, el primer espacio a alcanzar es el de la transmisión como condición inicial de una puesta en juego de los signos. Por supuesto, cuando Blanchot se refiere al dominio de un espacio, apunta a una necesidad de construirlo desde la escritura. Si se plantea que una asociación de escritores participa en el escenario de lo social para proponer un emplazamiento para la acción, tal cosa no solamente implica el establecimiento de proyectos materiales, sino a la vez su correlato ideal en el agenciamiento de la actividad nombrada como literaria. Si bien, Blanchot avanza su argumento hacia la imposibilidad de la escritura —es decir, de tal actividad concebida de manera general como capaz de materializar por sí misma aquello que, por la intermediación de los signos, deseamos posible—, es en el entendimiento de aquellos actos que señala (políticos, en un sentido amplio), donde los otros hacen parte de esa configuración. Porque pensamos que es en el ejercicio de lo común, y más allá de los meros deseos de trascendencia de aquel que ejerce el acto escritural, donde ese más allá de la escritura puede aparecer.
César Cortés Vega
[1] Blanchot, M. El espacio literario, trad. Jorge Jinkis y Vicky Palant. Madrid: Editorial Nacional, 2002.
Columna / Visualizar a las mujeres / Rocío Prieto Valdivia
Columna / Bajo el barandal / Rocío Prieto Jiménez
Visualizar a las mujeres
Como un pájaro atrapado en la garganta fue la palabra de Eunice Odio antes de su muerte.
+ Rocío Prieto Valdivia
Colaboración de Rocío Prieto Valdivia que participó en nuestra convocatoria para el envío de textos a ser publicados en este espacio. Un texto que aborda, desde la rememoración de la vida de la poeta Eunice Odio, la necesidad e importancia de la inclusión de la poesía femenina en los mapas literarios llevados a cabo en México y América Latina. [Si deseas enviar alguna colaboración para que aparezca en este espacio, acá las bases: Convocatoria].
A raíz de la lectura del poemario los Elementos Terrestres de Eunice Odio, y al saber como fue relegada hasta llegar a su invisibilidad y su deceso en una soledad terrible, he pensado en la falta de empatía hacia el género femenino y las escritoras como ella, a pesar de haber sido reconocida como una de las mejores exponentes por algunos de los grandes poetas de su época.
Alfonso Reyes la nombró como la gran poeta de las Américas, en México no se conocía su trabajo poético, pese a que ya había ganado el premio de poesía centroamericano en 1947 con su poemario Los elementos terrestres, Octavio Paz le decía que su poesía era comparada con la de Ezra Pound, una corriente que solo hasta después de su muerte sería comprendida. Así como se lo predijo Paz en el funeral, Carlos Pellicer, al igual que otros tantos, la reconocieron en sus coronas fúnebres como la gran poeta de toda América latina.
Quizás por ello me he quedado reflexionando en mis compañeras escritoras que se han quedado relegadas del ámbito cultural, o sus nombres casi no aparecen al buscarlas en Google. También he leído algunas antologías de cuento y poesía donde nosotras las mujeres somos minoría. Aunque han surgido algunos proyectos dedicados a visualizar a las mujeres, nos han quedado a deber. Tal vez sea por la exigencia de los requisitos que muchas no logramos reunir o cumplir debido a la desinformación, o al egoísmo por parte de las mismas mujeres hacia su género.
Me hubiera gustado aparecer en algunos proyectos que anteceden a la fecha de aparición a mi primer libro publicado. Creo que llegué muy tarde el ámbito de la literatura, pues en 2007 Adán Echeverría lanzó una convocatoria para recopilar el trabajo poético tanto de mujeres como de hombres radicados en los diferentes estados de la república mexicana, nacidos entre los años de 1960 hasta 1989. Esto se llamó el «Del silencio hacia la luz: Mapa Poético de México» en el que me parece hubo parcialidad, ya que no hay igual número de participantes de ambos sexos de los 660 poetas que se incluyen.
Conocí el proyecto en 2017 a| raíz de su 10° aniversario, que se celebró en CEARTE (Ensenada), donde estuvimos juntos varios poetas radicados en el puerto para dar lectura a la obra de escritores de Baja California y Baja California Sur, entre otros estados que conforman la zona noroeste del país. Desafortunadamente, muchos de los poetas nacidos en esos años no pudieron estar en el proyecto por la desinformación, o la falta de publicación de sus obras en los distintos medios, de los cuales se tomaron los poemas.
Recuerdo que estaba de visita la poeta y promotora cultural Alma Delia Cuevas Cabrera, con quien asistí a la lectura. El «Mapa Poético de México» nos hizo recapitular y pensar en realizar un proyecto, al que denominamos Coordenadas de voces femeninas. Dicho proyecto se gestó en Ensenada y Baja California, dando la posibilidad para que más mujeres pudieran mostrar su talento en una primera entrega. A la fecha el proyecto cumplirá ya casi seis años de nacimiento, cuyo trabajo poético y visual ha sido un parte aguas para las mujeres de todo México y parte de América Latina.
Creo que visibilizar a las mujeres no ha sido una tarea fácil, aunque sigue siendo trabajado en diferentes trincheras. Tanto hombres como mujeres han buscado los espacios culturales para dar voz a lo que las mujeres sienten y quieren expresar por medio de las diversas corrientes literarias. Entre los portales manejados por Mujeres se encuentran El Creacionista, dirigido por Alma Carbajal, Periódico Poético, dirigido por Gabriela Romualdo, e Hipérbole Frontera, dirigido por la poeta y escritora Mónica Morales Rocha, entre otros tantos.
Esta última se ha enfrentado al escarnio público, según se dice por la apropiación de un proyecto del cual omito el nombre, porque no me interesa crear más polémica. Dicho proyecto trató de visibilizar a las mujeres escritoras de México, a su manera particular, sin haber tomado en cuenta que ya había un mapa poético donde se compiló la obra de muchas mujeres. Me parece incongruente la manera en la cual se hicieron ataques a la compañera Mónica Morales Rocha, porque si bien en un inicio el nombre era similar el proyecto, transita por otros rumbos, y busca dar importancia a las escritoras de Baja California, mostrando su obra mediante enlaces, postales y una página donde las compañeras podrán ser visitadas.
Y, sin estar al margen de los depredadores, como lo hace en sí el mapeo de escritoras, creo que en México, donde cada día secuestran y matan a mujeres, poner en riesgo su integridad no es algo que nos beneficie. Tengo que confesar que esto lo estoy pensando a raíz de la desaparición de, hasta la fecha, dos mujeres mayores de edad que vivían por el rumbo de la colonia donde ahora vivo, y que solo salieron a pasear. El feminicidio ya no es solo ocurre con jovencitas o niñas. Ahora está generalizado. Hay tanto depredador, que debemos de pensar en todos los aspectos posibles. Y si bien la idea de visualizar a las mujeres escritoras es un parte aguas, considero que el proyecto mencionado hace resonancia del eco feminista, que a últimas fechas se ha posicionado en el país.
Por otro lado, brindo apoyo total a los proyectos de mi estado. Me parece una gran iniciativa y me agrada la idea del proyecto, al que se rebautizó como Índice de escritoras de Baja California.
Estoy a favor de visualizar a las mujeres poetas, pero también reconozco el trabajo que, tanto Adán Echeverría como Mónica Morales Rocha, están realizando. Primero dando conferencias, estudiando la obra de mujeres poetas, dando talleres, impulsando a las mujeres al dar a conocer su obra en los distintos medios. Y Mónica, abriendo un nuevo espacio, recopilando obra, haciendo equipo con Rosa Espinoza y Cristiana Márquez, entre otras.
Ojalá Eunice Odio estuviera viviendo estos tiempos. Seguramente alguien en el mundo la invitaría a formar parte del movimiento literario, o la llamaría para salvarla de esa soledad y no encontrarla días después en un estado terrible.
Sigamos leyendo la obra de las compañeras, entre las que se encuentran Larissa Calderón, Estrella Gracia, Viridiana Medina, Yolanda Victoria Cota, Astrid Velasco, María Díaz entre otras. Hay que seguir compartiendo su obra y sobre todo disfrutando en armonía de su presencia.
Rocío Prieto Valdivia. Escritora y poeta promotora cultural independiente. He colaborado en Diario del sureste, Delatripa, Nudo gordiano, Naringa, La huella del coyote, entre otras publicaciones. Es autora de los libros El lunes nunca será igual, Soñar entre mariposas, entre otros.
[Continúa en siguiente entrega—>]
